|
|
La categoría de Juan Luis
Vassallo como escultor y su prestigio como imaginero le permitieron
la realización de encargos tan importantes y de tan gran
responsabilidad como las restauraciones de la Inmaculada de Montañés
conocida popularmente como "la cieguecita", el San
Cristóbal del mismo autor o el Jesús del Silencio
de Pedro Roldán.
Pero por encima de todas destaca la restauración que hizo
para la Sacra Capilla del Salvador de Úbeda, en la que
trabajó durante varios años, sacrificando de buen
grado mucho tiempo y algunos encargos. En el marco de un completo
arreglo del templo, se le encargó la reconstrucción
de las figuras de Moisés, Elías y los tres apóstoles
destruidas totalmente y la restauración de la del Salvador,
todas del grupo de la Transfiguración en el Monte Tabor,
obra de Alonso Berruguete en el altar mayor de dicha iglesia,
realizada por el artista renacentista hacia 1559. Como tantas
obras de arte, resultó prácticamente destruida
durante la Guerra Civil, de tal modo que la restauración
ofrecía serias dificultades y no menos riesgos.
Sin embargo, Vassallo puso todo su cariño y conocimientos
durante mucho tiempo de tal modo que al final el acierto coronaría
su quehacer. En cuanto a la figura del Salvador, restañó
las mutilaciones sufridas y las partes dañadas con gran
sensibilidad y atención. Por su parte, para la realización
de las cinco figuras destrozadas que se disponían a los
pies del Salvador, estudió detenidamente la información
gráfica que existía. Tras ello, se planteó
la ejecución de un grupo que, sin ser una copia exacta
del original, lo recordara por la disposición de las figuras,
por las líneas generales de la composición y por
el violento movimiento de las mismas, logrando un trabajo que
evocara el espíritu de Berruguete, lo que, sin duda, tuvo
que costar un gran esfuerzo a Vassallo, cuya producción
religiosa se caracteriza por el equilibrio y la serenidad.
El resultado fue la realidad que hoy podemos contemplar en la
que el gaditano nos dejó una obra actual que armoniza
perfectamente con la imagen del Salvador que había tallado
Berruguete. Esto no lo habría podido hacer un simple copista
ni un imitador, sino un escultor con verdadero talento, minuciosa
observación e impecable técnica. En definitiva,
Vassallo volvió a lograr, con la humildad y la sencillez
que siempre le caracterizó, una perfecta conjunción
de lo nuevo con lo antiguo. |